Parenthesis

Siempre he necesitado un ratito (más mío) para ubicar, recogerme y preparar el corazón para estos días que están por llegar. Lo solía hacer el día de Nochebuena, un poquito antes del Zortziko, cuando mucha gente del pueblo nos encontramos en la plaza del  Ayuntamiento a cantar y emocionarnos un poco con el “Birjina maite”. Pero hace unos pocos años que ese día se llena de demasiadas cosas por hacer, y atender. Subir y bajar. Compras de última hora, vinito del mediodía con el aita (convertido en tradición), ordenar la casa, poner la mesa (y decorarla un poquito), limpiar el pescado, calentar el horno, organizar los piques, elegir la música,  preparar la bandeja de turrones (muuuucho chocolate)… y tres sobrinos/as hermosos/as que quieren jugar y participar de todo.

Así que me adelanto un poquito. A este momento en el que necesito hacer una pausa. Abrir un paréntesis y ubicar el tiempo. Y cómo se andan situando el corazón; y las ausencias.

En este tiempo de esperanza que se renueva. Especialmente urgente, y necesitado. Que llega en la sonrisa de quien vuelve a nacer, otro año más. En estos tiempos de signos  inciertos, a ratos oscuros. Tiempos también de oportunidad. Tiempo de (re)colocar en el centro al más débil y último. Traerlo al frente.

Tiempo en el que sentimos distinto.

Tiempo que requiere de tiempo para mirar ese tiempo; y lo que va aconteciendo en él.

Tiempo en el que mostrarnos disponibles para el resto del tiempo. Preparándonos a la novedad. Para abrir los brazos (de par en par) a aquel que llegará. Aquel que nos necesitará. Aquel que nos ha de nombrar.

Tiempo de mandarinas.

Tiempo en el que la comida me termina sobrando. Y recuerdo aquella Navidad tan especial alrededor de una hoguera, comiendo unas tortas con aguacate y jamón  y quemando marshmallows en el fuego.  Aquel tiempo que aún hoy, es parte de mi tiempo y de lo que soy.

El tiempo del olor a compota con canela que preparaba la ama. Que hace un tiempo dejé de oler. Y lo extraño, cada vez.

Tiempo de echar la vista atrás y ver este último tramito de camino andado. Tiempo de  lanzar la vista al horizonte. Proponerme algún objetivo que quizás no cumpliré pero me pone de nuevo a caminar sobre él.  Recrear algún deseo que se repite, y como simple efecto de volver a traerlo al corazón se hará un poquito más, realidad.

En este tiempo de ausencias que se hacen más presentes. De quien se fue.  De quien no estará conmigo. De quienes están lejos. Permitirle al corazón ponerse un poquito más triste, por un instante eterno.

Ahora es (mi) tiempo, este que me lo tomo prestado, para hacer una pausa y acurrucarme un poquito. Un instante antes de todo lo que viene.

De vez en cuando hay que hacer
una pausa

contemplarse a sí mismo
sin la fruición cotidiana

examinar el pasado
rubro por rubro
etapa por etapa
baldosa por baldosa

y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades.

(Mario Benedetti)

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