Hiru (23.07)

… acudió fielmente cada uno de los diez amaneceres de aquel soleado julio. Hace (ya) tres años.

Con un canto alegre, que entraba por la ventana de ese hospital, a las faldas del monte Uzturre. Posado sobre aquel ciruelo iluminado por el sol, canturreaba alegre.

Cada mañana nos anunciaba el inicio de un largo día. El aita llegaba el primero. La izeba subía con los periódicos. Yo me tomaba un café (o dos… o tres). Y como gárgolas, nos instalábamos alrededor de su cama. Conversábamos largo. Llegaba Lucía. Pegábamos los dibujos que le hacían Ricardo y Sara (hoy enmarcados en la cocina del aita). Seguíamos conversando. Iñigo y Mercedes siempre pendientes de todo. Refrescábamos su cara. Hablábamos mucho. La inundábamos a muxotes potolos.

Nos acompañaba ella. Nosotros íbamos diciendo adiós (o gero arte). Como podíamos.

Durante diez mañanas, aquel pequeño pajarito de chalequito rojo cantó para ella. Tampoco faltó ese día. En el que el silencio lo inundó todo. Cuando tomé su mano. Y el txantxangorri cantó.

(…) Me dicen que nunca dejaré de echarte de menos, de extrañarte, de quererte, de necesitarte. Que seguiré emocionándome cada vez que pienso en ti. Y yo seguiré agradeciendo cada uno de los días que me regalaste y me hiciste siempre mejor. Amatxo, maite zaitut!

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